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  1. Viejos y nuevos ateos
    19 de Septiembre de 2007 – 16:41:39 – Pío Moa
    Vale la pena insistir en algunas evidencias que los ciencistas, con espíritu poco científico, no gustan tomar en cuenta. En el siglo XX y ahora mismo han proliferado ideologías laicistas y ateas que han dejado un rastro impresionante de genocidios, en nombre de la ciencia, social o biológica. Este hecho debiera ser analizado seriamente por cualquiera que se proclame ateo, y más si pretende serlo por razones científicas. Pero nos encontramos con el fenómeno opuesto: presenciamos una nueva ofensiva atea que, desde luego, rechaza siquiera ese análisis, lo descarta básicamente y, aprovechando el resurgir de la ideología yijadista en el Islam, se dedica a atacar el cristianismo como supuesto factor de guerra, violencia y atraso. Incluso dicen que, en realidad, aquellas viejas ideologías ateas eran en el fondo religiosas (lo cual recuerda mucho los argumentos comunistas: los comunistas disidentes eran acusados de lo mismo: “idealistas” burgueses, religiosos en definitiva). Mientras nos aseguran que sus intenciones, actitudes y sentimientos (los de los nuevos ateos ) son hermosos y amorosos, y no hay por qué esperar de ellos la repetición de las viejas matanzas.

    Lo que no está claro es el por qué de esos buenos sentimientos suyos. ¿Quizá porque genéticamente están programados en esa dirección, al contrario que los viejos ateos? ¿Quizá porque en su cerebro las zonas de los buenos sentimientos están más desarrolladas?

    Suelen decir algunos de ellos que el hombre es un animal moral. En mi opinión, esa es una descripción mucho mejor que la clásica de animal intelectual o racional. Pero ocurre que con las mismas palabras nos referimos a hechos distintos. La moral es para ellos un hecho básicamente fisiológico, incluso anatómico, y, como los ateos tradicionales, consideran herejía otra interpretación. Un problema que tienen es que si reducimos la moral a un mero producto de la evolución y de los genes, chocamos constantemente con las conductas “inmorales”, que también existen abundantemente. ¿Cómo considerarlas? ¿Cómo enfermedades o malformaciones? Algo así tendrá que ser. Los viejos ateos neutralizaban a estos enfermos como se han neutralizado las vacas locas en Inglaterra. Ahora a los nuevos ateos esa solución les parece demasiado drástica, o bruta –no explican bien por qué– pero se enfrentan con el problema de que algo hay que hacer con esa gente mal evolucionada y mal genetizada, sumamente peligrosa, en definitiva

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